lunes, 19 de marzo de 2012

LA COMUNICACIÓN EN EL ADULTO MAYOR


Transitando el camino que supone el análisis de la evolución comunicativa en el individuo nos situamos en las distintas etapas del lenguaje. Nos enfocaremos en la correspondiente al adulto mayor y su forma de comunicarse.

El adulto mayor suma un cúmulo de sensaciones, vivencias positivas y negativas adquiridas en el trayecto de su vida, así como también este presente que se le plantea en el cual se enfrenta no solo con las limitaciones que su mente-cuerpo le impone paulatinamente sino con el freno que su entorno establece como regla.

En el plano biológico estrictamente hablando, hasta hace algunos años se consideraba que el lenguaje no sufría cambios importantes durante el envejecimiento normal, y que el vocabulario no disminuía sino que se compensaba con la riqueza de lo adquirido.

Los estudios realizados en estos últimos años indican que algunos componentes del lenguaje si sufren variación, afectando no solo al léxico sino también a la sintaxis y a la organización del discurso en sí mismo. (Juncos, 1998). Esto además de las alteraciones específicas aparejadas con las afasias, disartrias y demencias.

En esta etapa, en el adulto sin patología, aparecen con frecuencia dificultad en la evocación de palabras, en especial sustantivos propios, en tareas de denominación y en la construcción sintáctica. Si bien tienen producciones más simples, suplen esta carencia en forma semántica, con producciones más largas. Este trastorno, estrechamente ligado al déficit en la memoria, trae problemas además en la fluidez verbal. Asimismo, en las definiciones de las palabras se encuentran dificultades, siendo las mismas más extensas y orientadas hacia el uso de los objetos en cuestión. Si bien estas aparecen con frecuencia, en la estimulación cognitiva aplicando herramientas adecuadas y entrenando habilidades, las mismas disminuyen con el aprendizaje.

Otro aspecto relevante es la afectación de la prosodia, como también la disminución de las habilidades pragmáticas que se traducen en el tiempo con una apatía hacia las reuniones sociales, conversaciones con pares o con personas de menor edad. La ausencia de temas en común da origen a nuevas carencias. Deja de encontrar placer en lo social, en la conversación, en el pertenecer al grupo aportando comentarios, ya sea por vergüenza a quedar expuesto o por temor a equivocarse. Esta situación se contrapone en la conducta diaria ya que muchas veces ante un interlocutor válido, generalmente desconocidos, vecinos, compañeros de fila en bancos, etc. se manifiesta con una necesidad imperiosa de conversar de temas generales o personales. La necesidad de comunicarse permanece intacta pero oculta y pocas veces encuentra donde manifestarse adecuadamente.

¿A quien no le pasó estar esperando en una fila y a los diez minutos conocer estado civil, cantidad de nietos y demás datos personales de la boca del “abuelo” que está adelante o detrás nuestro esperando con nosotros?

Esta situación se refuerza negativamente en la creencia preestablecida por parte del resto de la población activa, en la que el discurso de la persona añosa es carente de sentido o de ritmo, o que redunda siempre en los mismos temas, por lo general con visitas relacionadas a los médicos y nanas varias, o en quejas o reproches. Esto origina desinterés en el discurso del mayor y una inclinación a carecer del tiempo necesario para poder escucharlo, y produce consecuencias colaterales para ambas partes, generalmente más dañinas para el anciano en cuestión que convierte a la palabra en un instrumento para sentirse aceptado o rechazado, funcionalidad asignada aún a su pesar. Tal vez sea cierto que muchas veces solo hablen de médicos o enfermedades, pero pocas personas intentan que puedan modificar esa conducta, ya que tampoco consideran que esa alternativa resulte viable, tal vez por temor a verse reflejado en esa persona con el correr del tiempo o simplemente por descuido del sentir del otro. Adulto mayor, persona mayor, anciano, viejo, abuelo, tercera edad: simplemente nosotros con varios años más. La imagen reflejada en el espejo.

También se suman dificultades propias, como por ejemplo: déficits en la audición (presbiacusia) o malos equipamientos con audífonos de baja calidad, problemas en la articulación, en el manejo correcto de la respiración, la pérdida de armónicos de la voz, la disminución en las cavidades de resonancia, etc. Escuchar hablar a una persona grande, añosa, para los demás muchas veces carece de atractivo acústico, la monotonía del discurso en términos auditivos resta posibilidades.

Y se añaden dificultades agregadas por el medio: Está demostrado que los pacientes que trabajan rehabilitación del lenguaje, no solo mejoran con las técnicas adecuadas, sino con el estímulo que representa el ambiente que lo rodea y el interés que su entorno deposita en la misma. Adulto escuchado, adulto que se siente querido y que se predispone de otra manera en su terapia de rehabilitación, encuentra el porqué y el para qué del tiempo que le va a llevar recorrerla. La búsqueda permanente del sentido, la que se inicia en los primeros pasos y la que nos acompaña en todo el camino hasta los últimos, el motivo de esta nueva lucha y el porvenir que amenaza con su incertidumbre en modificarlo de forma irrevocable, el sentido de la existencia permanece indemne aunque no pueda expresarlo ni traducirlo con palabras.

La importancia de los aspectos semánticos, sintácticos y morfológicos del discurso de la persona de edad pasa a un segundo plano ante la necesidad de ser escuchado y tenido en cuenta. Cuando los aspectos superficiales pasan a un segundo plano es cuando el vínculo cobra protagonismo llevándose los aplausos y los vítores la mayoría de las veces.

Ahora bien, que pasa en la comunicación en el adulto mayor con patología.

Las alteraciones del lenguaje y la comunicación en el adulto son muy frecuentes, como variadas las consecuencias que originan. Serán tantas las variables como distintos los pacientes, aún dentro de una misma situación patológica.

En las alteraciones del lenguaje y la comunicación, la más relevante y la que aparece con frecuencia es la afasia, es decir la entidad nosológica definida por la alteración del lenguaje oral y/o escrito, consecuente de una lesión cerebral focal ocurrida una vez adquirido el lenguaje, la cual puede deberse entre otras causas a accidentes cerebro vasculares, estados demenciales, traumatismos craneoencefálicos, tumores, etc, reconociéndose dentro de las mismas, esta clasificación: afasia global, afasia de Broca, afasia de Wernicke, afasia motora transcortical, afasia sensorial transcortical, afasia anómica y afasia de conducción (Wernicke, 1874, y Lichtheim, 1885).

La edad es un factor importante en la naturaleza de la afasia como en su rehabilitación, además del grado de lateralización de la función verbal del paciente, interactuando con la etiología, el nivel de inteligencia general, el cociente intelectual verbal previo a la enfermedad, el sexo del paciente, los conocimientos premórbidos del mismo, y los años de escolarización adquiridos (Junqué, Bruna, Mataró, 2004).

Si bien las áreas que se ven afectadas dependen de la topografía lesional, se tendrán en cuenta la fluidez verbal, las alteraciones articulatorias, anomias, agramatismo, paragramatismo, parafasias literales o fonémicas. (Goodglass y Kaplan, 1986, Lesser, 1983).

Estos aspectos que aparecen en este cuadro pueden determinarse en el examen neuropsicológico, que explorará el habla espontánea, la repetición , la denominación, la comprensión, la lectura y la escritura, cálculo y praxias, sosteniéndose en la experiencia del examinador y en la flexibilidad necesaria para cada situación, ya que debemos conocer previamente como era la conducta de la persona antes de este evento.

Paralelamente a estos aspectos básicos, quienes trabajamos en rehabilitación siempre pensamos en lo que está pasando por la mente de nuestro paciente en ese momento.

Pensamos en quien era esa persona antes de sufrir estos cambios. Pensamos básicamente en lo que siente y en su imposibilidad de recuperar funciones generalmente en forma rápida. Es un camino arduo, constante, intenso, que necesita no solo de la colaboración familiar y de la experiencia del terapeuta, sino de la voluntad férrea de los mismos, de alegrarse con los mínimos logros, los cuales a veces no son diarios, sino esporádicos e inestables.

El paciente neurológico es el más difícil de sobrellevar para la familia que se encuentra en una situación de encrucijada y desorientación como así también para el terapeuta asignado. No solo por la complicación de la lesión sino por la desesperanza que a veces conlleva.

El no dejarse abatir, el buscar nuevos caminos, los estandarizados y los propios, el volcar la creatividad en cada tarea nueva, el ser plástico ante las dificultades, se suman a la preparación necesaria que el terapeuta necesita tener. El índice de fracaso puede ser alto, pero más alta es la satisfacción ante los logros que tarde o temprano empiezan a aparecer. Tal vez una mirada esperanzadora hacia la situación trae aparejadas más soluciones factibles de aprovechar.

Asimismo, debemos entrenar la tolerancia a la frustración y la aceptación de las nuevas condiciones y limitaciones del paciente. Esta, quizá, sea la tarea más difícil, la adecuación de todos los involucrados en la cuestión.

El reconocimiento del familiar querido por todos en la imagen de esta nueva persona que hoy está frente a ellos con la cuota indispensable de flexibilidad para aceptar la mayoría de los cambios.

Este mecanismo anosognósico ante este paciente que alguna vez fue madre, padre, hermano, hijo, y que hoy se ve distinto, conspira con el progreso que se pueda obtener. El vínculo paciente-familiar-terapeuta nuevamente cobra protagonismo, ecuación que transforma a este eje una vez más en soporte ante la situación.

Esta vez los aplausos se los llevarán los mínimos logros cotidianos responsables de una nueva perspectiva en este ciclo de sus vidas. No existirá un único destinatario en las ovaciones, pero en estas instancias esto último resulta ser totalmente irrelevante.

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